Eva Zepeda fue mucho más que la esposa de Luis Nishizawa: fue su compañera incondicional, su crítica más exigente y la fuerza silenciosa que lo acompañó a lo largo de su vida. Juntos recorrieron México y el mundo, plasmando en sus memorias y en sus lienzos volcanes majestuosos, paisajes entrañables y momentos que compartieron que después se transformaron en arte.
Como madre, inculcó a sus hijos valores profundos: fortaleza, humildad, amabilidad, justicia y perseverancia. Su carácter tenaz les mostró que el esfuerzo y la dedicación siempre dan fruto, y su calidez se multiplicó con la llegada de los nietos, a quienes supo consentir con cariño.
En su hogar, la cocina se convirtió en un taller de afectos. Platos como sus chiles en nogada, enchiladas verdes o su célebre bacalao no solo deleitaron a familiares y amigos, sino que transmitieron su amor y dedicación.
Artista plástica de gran sensibilidad, admiró a los grandes maestros como Rembrandt, Chardin, Fantin-Latour, Caravaggio y Toulouse-Lautrec, y aprendió de figuras como Agustín Lazo, Antonio Ruiz y Raúl Anguiano. Su obra, que abarca paisajes, bodegones y retratos, fue un acto de comunión con el mundo y consigo misma: pintar era, para ella, meditar; y meditar... pintar.
Aunque expuso muy poco, quienes conocieron su arte lo describen como virtuoso, paciente y profundo. En cada fruta, flor o paisaje había una verdad íntima, una mirada del alma que trascendía lo visible.
Eva Zepeda partió discretamente, “como toda grandeza verdadera”, dejando un legado de amor, sensibilidad y belleza que sigue vivo en la memoria de quienes la conocieron y en la obra que con tanto esmero creó.
En el Museo Taller Luis Nishizawa, en Toluca, Estado de México, existe una sala muy especial que lleva el nombre de Eva Zepeda. En ella se exhiben algunas de sus obras, pero, sobre todo, se rinde un merecido homenaje a quien fuera la compañera de vida del maestro, su inspiración constante y un pilar fundamental en su trayectoria artística y personal.