Entre todas las técnicas que dominó, Luis Nishizawa encontró en el óleo una herramienta poderosa para construir atmósferas, expresar emociones y revelar la belleza del mundo que lo rodeaba. Con su paciencia artesanal y su ojo sensible, el maestro convirtió el óleo en uno de los pilares de su lenguaje plástico.
El óleo, mezcla de pigmento con aceites secantes, ha sido utilizado desde el Renacimiento por su versatilidad, intensidad cromática y capacidad de crear texturas y transparencias. Nishizawa, fiel a su vocación de estudio profundo del oficio, lo adoptó como medio esencial para sus obras de gran formato, retratos, naturalezas muertas y, especialmente, paisajes.
Lo aplicaba con rigor técnico, pero también con sensibilidad poética. Trabajaba las capas con cuidado, buscando no solo representar una escena, sino transmitir el clima, la emoción y la atmósfera del momento. La luz, las sombras, los cielos cargados o diáfanos cobraban vida en sus lienzos a través de pinceladas precisas y vibrantes.
Sin embargo, Nishizawa no imitó: asimiló y transformó. A través del óleo, desarrolló un estilo propio, donde la tradición y la introspección se funden.
Sus óleos revelan más que paisajes físicos: son retratos del alma, meditaciones visuales que invitan a la contemplación. Volcanes, montañas, frutos del mar, pueblos remotos o flores sencillas, aparecen en sus obras no como objetos, sino como presencias vivas, silenciosas y profundas.
“El óleo me permite construir con calma. Es una pintura que respira, que se cuece con el tiempo”, solía decir.
Además de trabajar el óleo con maestría, Nishizawa enseñó esta técnica a cientos de alumnos, enfatizando siempre la observación, la disciplina y la honestidad frente al lienzo. Para él, el óleo no era sólo una técnica pictórica: era una forma de respetar el tiempo del arte, de hablar con la materia, de dejar que la imagen madure capa por capa.
El óleo, en manos de Luis Nishizawa, fue un puente entre el arte clásico y la modernidad mexicana, una vía para unir conocimiento, emoción y memoria. Su trazo, profundo y sereno, sigue enseñándonos a mirar más allá de lo visible.