Luis Nishizawa y el paisajismo: una contemplación del alma
Para Luis Nishizawa Flores, el paisaje no fue simplemente un tema pictórico: fue una forma de vida, una búsqueda espiritual, una ventana a lo esencial.
Desde su infancia en la Hacienda de San Mateo Ixtacalco, rodeado de neblinas, montañas y cielos cambiantes, Nishizawa aprendió a observar el mundo con una sensibilidad que marcaría toda su obra. Aquellos amaneceres suaves y atardeceres brillantes que contemplaba de niño, más tarde se convirtieron en protagonistas silenciosos de sus lienzos.
En sus propias palabras:
“Desde pequeño, el paisaje me enseñó a ver, a imaginar, a sentir...”.
¿Cómo se integró esta etapa a su estilo?
Su aproximación al paisajismo no se limitó a lo técnico. A través de la pintura, Nishizawa expresaba una conexión profunda con la tierra, con la cultura mexicana y con las tradiciones de su herencia japonesa. Influido por maestros como José María Velasco y Francisco Goitia, supo trazar montañas, volcanes y valles con una precisión académica, pero también con una emotividad única.
En sus obras, el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, el Nevado de Toluca y los cielos del Valle de México emergen no sólo como escenarios naturales, sino como símbolos de identidad y contemplación. El uso delicado de la tinta y el temple, muchas veces en blanco y negro, revela la influencia del arte japonés, donde la economía del trazo y la intensidad del vacío comunican tanto como el color.
Para Nishizawa, el paisaje fue también un puente entre dos mundos: México y Japón. Lo mismo podía representar un volcán mexiquense que recordar la silueta del monte Fuji. En esa síntesis estética y emocional, el paisaje se volvió espejo de su interioridad, homenaje a sus raíces y ofrenda a su tiempo.
A través del paisajismo, Luis Nishizawa nos enseñó a mirar con pausa, a descubrir en la naturaleza una historia, una emoción, un poema. Pintar un paisaje, decía, era también “un acto de agradecimiento, de recogimiento… y de amor a lo que soy”.
Hoy, su legado nos invita a contemplar el mundo con esa misma delicadeza con la que él trazó un horizonte: como quien reconoce en la tierra algo más que tierra, como quien se reconoce en ella.