Luis Nishizawa.
Un legado de genialidad y de bondad
Probablemente, mi amor consciente por el arte surgió en 1990, cuando “descubrí” el mundo de los museos, los artistas, su trascendencia y todo lo que pueden aportar a la vida, fue por ello que en 1994 decidí hacer mi servicio social en el Museo Taller Nishizawa, espacio recientemente creado; fue fascinante llegar a un museo sui generis, ya que estaba dedicado a un artista vivo y ello cambiaba completamente la dinámica tradicional de estos sitios culturales.
Fue un día que quedé verdaderamente sorprendida al conocer al Maestro Nishizawa, pues de manera habitual impartía su taller los sábados, yo no era una mujer de lienzos y pinceles, pero sí de una inmensa sed de aprender la belleza del arte, de la pintura y de los artistas. En su nutrido grupo, de manera sencilla, transmitía a sus alumnos los secretos de la cocina de la pintura y como un alquimista medieval, mezclaba los pigmentos y los aplicaba sobre la tela, era como ver un acto de magia no solo para mí, sino que también sus alumnos descubrían la fascinación y la técnica.
Estar en el Museo Nishizawa, sin duda fue un parteaguas en mi vida, pues entre las obras que se exhibían, la preparación de tablas que aprendí también, las técnicas, una vasta biblioteca que catalogué, así como ver y escuchar a un grande del arte, hicieron que ahí decidiera dedicarme a lo que quería por el resto de mi vida: el apasionante mundo del arte y los museos.
Por supuesto, tuve la oportunidad de ver muchas veces al Maestro, ya fuera en su taller, en recorridos por el Museo, en alguna inauguración de exposición, en la que como verdadero anfitrión, esperaba a los asistentes en la entrada y nos daba la bienvenida; de igual manera, lo vi en charlas y homenajes, esos en los que platicaba de su vida, hablaba de arte y de lo maravilloso que era formar a generaciones de artistas, ahí se le veía sonreír.
La vida y el destino me regalaron la dicha de regresar al Museo, ahora como directora, Luis Nishizawa había partido unos años atrás, y sí, ya era diferente el espacio y su dinámica, pero tenía misticismo, magia y mucho arte. Entonces de manera apasionada estudié a conciencia su vida, su obra, su legado y trabajé en uno de los grandes proyectos que he tenido la fortuna de hacer, la exposición Nishizawa íntimo, a cien años de su natalicio. En el Museo tuve el privilegio de conocer a otro Nishizawa, a través de las críticas que de él hicieron grandes personajes como Raquel Tibol, Margarita Nelken y Xavier Moyssén, sólo por mencionar a algunos; charlé con alumnos de diversas generaciones y no olvidaré una plática con el Dr. Miguel León Portilla, quien generosamente me compartió algunos comentarios y recuerdos de ellos, pues además de trabajar juntos para el libro Trece poetas del mundo azteca, eran extraordinarios amigos; me enriqueció de igual manera el acercamiento a su vida familiar y personal gracias a las valiosas, largas y amenas charlas con sus hijos Luis y Gabriel y finalmente, el poder estar frente a sus obras, estudiarlas, admirarlas y encontrar en una que otra, textos infinitamente humanos.
Vinieron entonces una sucesión de conferencias y curadurías de exposiciones de Nishizawa, así como su exhibición en el Museo del Pueblo de Guanajuato, como parte del Festival Internacional Cervantino; en el Museo Conde Rul de Guanajuato para su inauguración, en el Museo Octavio Ocampo de Celaya, en el Museo Joaquín Arcadio Pagaza en Valle de Bravo, en el Universidad del Valle de México Campus Lerma y muchas más. Ha sido maravilloso para mí el poder contribuir en mantener su persona y su legado vivos.
Sin duda alguna, el Maestro Luis Nishizawa fue y es, uno de los más extraordinarios artistas de la plástica nacional, orgullo mexiquense y mexicano, que supo bien asimilar la naturaleza del paisaje y la humana, que afortunadamente fue galardonado en vida por México y Japón, que disfrutó de su trabajo hasta el último día, al igual que su verdadera vocación de maestro y que nos ha dejado un legado de genialidad y de bondad.
Lourdes Malagón Abín